Acantha

 

       En los albores del siglo XXI ya era claro que si la Humanidad quería sobrevivir como especie, su destino pasaba por encontrar algún día otros planetas habitables más allá del Sol. El capitalismo nunca había sido más que la inevitable manifestación humana y económica del principio de la Evolución. Aún intentando domar aquella bestia que formaba parte del animal humano con las bridas de la moral, la ética y el socialismo, si no matarla para sustituirla por bestias aún peores, llegado un punto de no retorno tecnológico la única posibilidad de supervivencia a medio y largo plazo consistiría en aprovechar su impulso, para llegar a nuevos mundos en los que poder tener, quizá, una oportunidad de empezar algo nuevo. Una oportunidad de matar a la bestia. A todas las bestias. Pero ¿y si el Principio de la Evolución era un fenómeno universal, una evolución de la materia en vida, una lucha económica, tecnológica y cultural por la supervivencia y el predominio, a escala estelar? Otras posibles civilizaciones existiendo entre las estrellas, ¿matarían a sus propias bestias?

El cohete anunció su llegada a Acantha con una estela de radiación blancoazulada, una aurora sobre el cielo del crepúsculo, que se deshizo en chorros de fuego cuando se posó vertical, despacio y solemne, sobre la virgen superficie de la luna.

“Alférez Carr, preséntese a la Segundo Comandante”.
Gaius Carr desechó con un gesto de la mano, más preocupado que irritado, las risitas burlonas y el coro de comentarios jocosos tipo “la has cagado Gaius”, o “suerte amigo, la vas a necesitar” con que fue acompañada la llamada por el sistema de megafonía del cohete, la Nave de la Fuerza Expedicionaria Oberon, mientras dejaba su puesto para ir en busca de Herma Wilcox, la Segundo de a bordo.
Por el camino hacia el camarote de la capitana Wilcox repasó mentalmente el discurso que había ensayado ya tantas veces durante los últimos dos días de viaje. Dos días durante los que el gigante gaseoso, Aegir, había ido agrandándose en los visores de la nave, hasta que su destino tras más de diez meses de viaje, Acantha, majestuosa en su traslación, fue presentada a la Oberon surgiendo desde detrás del gigante. Era la mayor luna de todo el sistema estelar de Épsilon Eridani.
Aquella era la Segunda Expedición a Épsilon, y a aquella luna. La Primera Expedición nunca había regresado, ni vuelto a dar señales, cuando la Oberon partió del Sistema Solar. Pero ni siquiera el morbo de este extraño suceso había servido para atraer de nuevo la atención de la gente hacia la exploración espacial.
Desde finales del siglo pasado, el XXI, el ser humano llevaba ya más de cuarenta y cinco años viajando por las estrellas. Contra todo pronóstico, la exploración había acabado convirtiéndose demasiado pronto en algo rutinario. Algo quizá demasiado metódico, que ya no llamaba la atención del gran público, allá en la Tierra. Y aquí, a años luz de distancia, a bordo dentro del gran y estilizado cohete que era la Oberon, la realidad de los deberes del día a día había robado a Gaius Carr los sueños con que se había presentado a los exámenes para las Fuerzas Expedicionarias, hacía tan sólo seis años. Los sueños, pero no los ideales.
Finalmente se encontró ante la puerta de la capitana Wilcox, más preocupado por sus propios problemas que por el hecho de estar recién posados sobre un nuevo mundo.
Llamó a la puerta.

Tres franjas diagonales se dibujaban como un cuadro expresionista a través del cristal del ojo de buey, situado detrás de la mesa de despacho del camarote de la capitana Wilcox. Negro, morado y blanco. El espacio ribeteado de estrellas, Aegir y la superficie helada de Acantha. Cuando el alférez Gaius Carr se sentó delante de ella, la cabeza rizada de la capitana eclipsó el cuadro, y centró toda su atención. Sus implantes cibernéticos le parecían ofensivos, de mal gusto. Un signo de la procedencia humilde de la capitana, Gaius intentó disimular rápidamente el rechazo que le causaban bajo una apariencia de pragmática formalidad, para no estropear aún más su delicada situación. En el ejército el superior siempre era el que tenía la sartén por el mango.
—¿Y bien? ¿Algo que alegar, alférez Carr?
Gaius había esperado que ella empezase a hablar, aunque no tenía intención alguna de escucharla, sino de aprovechar ese momento para tranquilizarse, ordenar sus ideas y exponer su brillante alegato. Tragó saliva. Carraspeó.
—Ante todo me gustaría decir que no se trata tanto de intentar justificar mi comportamiento, como de poner de relieve el hecho de que no haber reprimentado con la debida severidad a la cabo Kreishmeier habría supuesto…
—Todo eso no me importa, alférez —le interrumpió Wilcox, y a Gaius le pareció notar desprecio en la manera en que la Segundo Comandante pronunciaba la palabra “alférez”, lo que por un instante hizo desvanecerse la capa de formalidad y pragmatismo, y que la mirara con un destello de odio—. Está usted aquí para intentar explicar por qué no fue capaz de manejar la situación para que las cosas no llegasen al punto en el que la cabo quisiese agredirle. Todo lo demás no me interesa. Así que ahórreselo. Empiece otra vez.
—El maldito robot no estaba haciendo bien su trabajo —dijo Gaius, tras un momento de silencio, consiguiendo apenas que su voz no sonase tan desquiciada como se sentía ahora mismo.
La capitana puso los ojos en blanco, sin el menor disimulo.
—¿Por…? —preguntó, invitando al alférez a explicarse mejor con un gesto de la mano.
Herma Wilcox estaba sin duda enterada de la facción de pensamiento a la que pertenecía Gaius, puesto que éste, por lo demás, era un oficial bastante atípico, que casi nunca sabía mantener las apariencias, ni era capaz de quedarse callado aún cuando el silencio jugase a favor de sus intereses. Wilcox apreciaba, en el fondo, esa forma de ser. Le gustaba tener bajo su mando a gente transparente. Pero todo atisbo de su aprecio hacia Gaius terminaba ahí. No estaba dispuesta a tolerar la más mínima indisciplina en su nave, aún menos por parte de alguien que hacía gala de un comportamiento tan impropio, poco contenido y poco ejemplar de su rango. Pero lo que más le contrariaba de todo aquello, y por lo que verdaderamente disfrutaba de ser ella la superior en aquella disputa, la que tenía la sartén por el mango, era que un Supremacista de la pureza humana pusiese en peligro la misión por sus anacrónicos ideales.
Ella ya había indagado todo lo que creía preciso acerca del incidente. Tan sólo estaba dándole a Gaius la oportunidad que la costumbre establecía como lo adecuado en circunstancias como aquella. Pero personalmente ya lo había juzgado y sentenciado. Como eran militares, y ella era la Segundo, y el Comandante un inepto para el cargo, lo que pensara ella en esa nave, iba a misa.
Los Supremacistas creían que la humanidad estaba condenándose, cediendo a la autocomplacencia, ajena a todo lo que tenía que ver con la realidad, o asistiendo a ella como sujeto pasivo. Una realidad dictada a golpe de inteligencias artificiales y ejecutada por mano de obra humanoide, mano de obra robótica. Si en el pasado los seres humanos se distraían de las fatigas de la realidad a través de libros, películas y videojuegos, en los albores del siglo XXII la situación había llegado a un punto en el que la propia realidad era como una película a la que la humanidad asistía virtualmente, dejando la verdadera acción a las máquinas.
Para la corriente de pensamiento mayoritaria, sin embargo, lo normal era participar de las oportunidades que significaban las nuevas tecnologías, sumergiéndose en ellas con desparpajo, participando de esta nueva era cibernética como entes puentes entre lo mecánico y lo humano, como entes cibernéticos. Sólo así, establecían, se podía haber soslayado el riesgo que representaba la Singularidad de la IA, el trágico punto de inflexión tantas veces pronosticado y alertado por los científicos y tecnólogos del primer tercio del siglo XXI, en el cual los ordenadores superasen y esclavizasen, en el mejor de los casos, o suprimiesen por inservibles, en el peor de ellos, a los seres humanos. Al mezclarse con lo mecánico, al moldearse como seres más que humanos, “trans-humanos”, la humanidad podía seguir prosperando, aunque fuese pagando un precio por ello. El precio de una transformación demasiado rápida, durante la cual la humanidad olvidase su propia humanidad. Los Supremacistas no estaban dispuestos a pagar ese precio.
La verdad era que no renunciaban a casi ninguna de las ventajas tecnológicas que disfrutaban todos los demás (de lo contrario pronto se habrían convertido en unos parias), sino que procuraban aparentar en toda medida de lo posible que seguían siendo humanos, de pies a cabeza. Disimulaban y maquillaban su mitad cibernética, haciendo de ello el mantra principal de sus vidas.
El ejército, en particular, se había convertido de forma subrepticia pero progresiva en una de las instituciones más copadas por los ideólogos de la Supremacía. La capitana Wilcox, Segundo Comandante de la Oberon, era muy consciente de ello. Los Supremacistas no sólo copaban el ejército. Eran sus élites. Y no era difícil entender el por qué. Tenías que estar hecho de una madera muy especial, o tener unas muy sólidas raíces, normalmente familiares, o a veces circunstancias más atípicas, como era el caso del alférez Carr (que no tenía parientes militares), para renunciar a las múltiples comodidades que ofrecía la vida en la Tierra, y ya en en algunos otros lugares del Sistema Solar para los más ricos (como la Luna, Marte, Ceres o Titán), y embarcarte en una nave espacial rumbo a misterios desconocidos, con todas las incomodidades que el viaje espacial conllevaba, siendo la principal de ellas el aislamiento. Para una sociedad acostumbrada a vivir en un estado de comunicación constante, una sociedad de individuos cuyos pensamientos interactuaban en tiempo real, evolucionando hacia la mente global, verse arrancado y expulsado al frío y el silencio de un universo vasto y hostil era un trauma que muy pocos estaban dispuestos a asumir, fuese por el motivo que fuese.
Para los Supremacistas, en cambio, el viaje a las estrellas era visto como un rito de purificación, una vuelta al estado natural del hombre, al nomadismo. Y creían que sólo los más fuertes eran capaces de soportarlo.
Por supuesto, también estaba la deuda temporal. Los motores de efecto Unruh habían contribuido a revolucionar el viaje espacial como ninguna otra tecnología, pero aunque permitían llegar a alcanzar velocidades relativistas, que desafiaban lo que cualquier ser humano había podido experimentar hasta pocos decenios antes, el viaje hiperespacial seguía siendo una quimera. Viajar por el espacio conllevaba contraer deudas de edad, ir dejando atrás y olvidando poco a poco a tus seres queridos, allá en el Sistema del Sol. Bastaban dos o tres viajes para ver morir a toda tu familia, uno, si tenías mala suerte.
Gaius respondió:
—Porque estaba como… no sé. Distraído. No estaba haciendo bien su trabajo.
—Pero eso es ridículo. Un robot no puede distraerse. Sus prejuicios nublan su comportamiento, alférez, y es una pena, porque de no ser por ese lastre de ideología suya, podría llegar usted a ser un gran oficial algún día —sentenció la superior. No estaba del todo segura de lo que decía, pero quería ganárselo—. ¿Es eso todo lo que tiene que decir, entonces?
—Sí. Yo… sí —contestó Gaius, vacilante.
—Kreishmeier será castigada, por supuesto. Estará varios días confinada en sueño virtual, en observación. Espero que recapacite la próxima vez, antes de actuar de forma tan atolondrada. No puedo evitar pensar que la marcada adscripción cibernética de la cabo influyó en su comportamiento hacia ella. Considérese expedientado. Puede retirarse.
El alférez Gaius Carr se levantó reticente, pero se cuadró y saludó, y se dirigió hacia la puerta. En el último momento, como movido por un resorte, se giró. Wilcox alzó una ceja. Dijo:
—Sé que suena ridículo, pero le aseguro que ese robot estaba funcionando mal. Sé que no debí recriminar así a Kreishmeier por desobedecer mi orden y ayudar al androide, pero una cosa no quita a la otra. No deje usted tampoco que su forma de pensar afecte a su juicio… Mi Segundo —añadió, consciente de que había llegado demasiado lejos. Hubo un breve silencio.
—Puede retirarse —repitió Herma Wilcox, impertérrita.

—No debiste pegarle así al robot, Gaius. Vamos, que me da igual lo que les hagas, a ver si me entiendes, pero no delante de todo el mundo.
La que así hablaba era la bella y morena oficial de origen griego, Nerina Ballis. Ella, Gaius y el rubio y germano teniente Harold Hocking, con su pelo cortado a cepillo, se sentaban en torno a una mesa, en una esquina de la cámara de oficiales. Forrada con una imitación de madera oscura, algo que fuera de ambientes militares no pocos habrían considerado de mal gusto, la cámara era amplia, en forma de “L”, y sus mamparas estaban adornadas con cambiantes imágenes históricas de la exploración espacial, desde el Apolo XI a una imagen de la propia Oberon el día de su salida de los astilleros espaciales, pasando por los primeros transbordadores clase Columbia, la Orion, y la vetusta Deliverance, la primera nave que viajó a las estrellas.
Los tres eran simpatizantes de la facción supremacista, y hablaban en voz baja, sin llamar la atención de otro grupito de oficiales, que se encontraba inmerso en un holovídeo, al otro lado de la sala. La única ventana ovalada de la estancia presidía la mampara de la parte superior de la “L”, justo encima de la mesa. La primera expedición científica, formada por cuatro científicos, del grupo de civiles que viajaban en la Oberon, caminaba torpemente allí abajo, embutida en sus astrotrajes, por entre anillos quebrados y convergentes que rompían la monotonía lisa del hielo de Acantha. Gaius suponía que eran anillos de origen tectónico. Seis soldados y varios androides completaban la expedición.
Gaius, cuyas labores a bordo tenían que ver con la navegación estelar y la comunicación con la IA en todo lo referente a la navegación, los envidiaba. Tenía muy pocas oportunidades de salir ahí fuera. Era un trabajo más propio para las máquinas. Pero si de verdad querían hacer aquellos mundos habitables para los seres humanos, debían de ser éstos los que estuvieran allí. No sólo máquinas. Por eso el espacio era una de las pocas empresas donde se primaba el punto de vista supremacista de las cosas, que tan icomprendido era en los viejos y nuevos hábitats del Sistema Solar.
—Yo le habría pegado aún más fuerte. Y también a la cretina de Kreishmeier. Menuda imbécil —dijo el teniente Hocking, sonriendo. Gaius se volvió hacia él.
—Sí, claro —rió a su vez Gaius, pasando una mano por su cabellera castaña. Tú si que eres imbécil. Vaya bravucón de caricatura. ¿De verdad no había nada mejor que meter en una nave tan cara?, pensó Gaius, pero dijo:
—Pues la próxima vez te llamo, y lo haces tú Harold, o, mejor aún, que te descuenten a ti el dinero por el expediente.
Nerina se echó hacia atrás en la silla, poniendo cara como de no creerse que la Segundo hubiera sido capaz de expedientarlo, aprovechando cada oportunidad para empatizar con Gaius. Pero el que siguió hablando fue Harold.
—Es por la mierda de comandante que tenemos —bajó aún más la voz—, alguien con más carácter, bueno, con algo de carácter por lo menos, ya habría puesto en su lugar a esa cyborg.
—Sí, las cápsulas con recuerdos implantados son una droga muy mala, cuando no se controlan —dijo Nerina. A Nerina siempre le daba mal rollo hablar así del Comandante. Quizá pensaba que era omnisciente.
—Pero en el pasado —terció Gaius—, antes de que le ocurriese aquello, era uno de los mejores. Y si lo eligieron para esta misión, algo especial debieron de ver aún, en él. Fue un ejemplo para la Supremacía, no debemos olvidarlo.
—Hum… supongo que aún en sus actuales condiciones sus momentos lúcidos son capaces de compensar la visión maniquea de nuestra querida Herma Wilcox —dijo Harold.
—El espacio no es lugar para gente débil. Esa advenediza cibernética y todos los de su clase tienen las horas contadas en este tipo de mundo. Es sólo cuestión de tiempo. Si soportamos todo esto —dijo Gaius, señalando indistintamente a su alrededor—, es para establecer las bases de un futuro humano en la galaxia. Si no lo hacemos nosotros, no lo hará nadie. Quiénes ¿sus robots?
Los otros dos asintieron, mostrando su acuerdo. Gaius no soportaba a Harold. Era un bravucón pagado de sí mismo. Pero la causa supremacista estaba por encima de sus intereses personales. Porque además, si fuera por ellos, Gaius no tragaba a casi nadie. Sólo con las mujeres se mostraba más tolerante y abierto. Sobretodo si eran bellas. Sin embargo, se cuidaba bastante de mostrar su desagrado a Harold. Después de todo, él era teniente. Le convenía tenerlo como amigo.
—A ver si nuestro señor Comandante regresa de su último letargo y se entera de lo que está pasando en “su” nave —sentenció Harold.
Nerina miró a las otras mesas de la sala, y al grupito sumido en el holovídeo, rascándose la nuca. Visiblemente incómoda, quiso cambiar de tema.
—¿Creéis que es cierto? Lo de los rumores sobre el exterminio…
—Bueno —dijo Harold—, ¿y qué si fuese así? No podemos andarnos precisamente con chiquitas en estos mundos tan lejanos. Mira lo que pasó con la Miranda, fuera lo que fuese… Mira esos, ahí abajo. Joder, Si te digo la verdad, no me gustaría estar en su lugar. Cuanto antes terminemos lo que hemos venido a hacer aquí, y dejemos esta luna lista para iniciar su terraformación, antes nos iremos. La humanidad es lo primero (…)
Gaius se abstrajo de la conversación. Volvía a mirar por la ventana. El gigante gaseoso, Aegir, asomaba ya su descomunal redondez por el horizonte, tiñendo de tonos cárdenos el hielo de la luna. Parecía irreal estar viendo una imagen como aquella, de un nuevo mundo, a través de ese óvalo que durante años de entrenamiento a bordo de la Oberon había estado siempre ligado a imágenes del Sistema Solar. Épsilon Eridani. Estaban en otro sistema estelar. Era desconcertante cómo la rutina del día a día era capaz de devorarlo todo, cuando perdías la perspectiva de las cosas.
Cayó de pronto en la cuenta de que una especie de niebla estaba empezando a velar lentamente el cristal del óvalo, como si la nave tuviese cataratas. Pronto Gaius dejó de ver las figuras del equipo de expedición. Supuso que era hielo, aunque tenía un extraño tono rosáceo, que achacó a la luz reflejada de Aegir. Volvió a la conversación cuando Enlai Loh se unió a ella, acercando una silla cercana y sentándose con desparpajo.
—¿Qué pasa Enlai, no te gusta el holo? —le preguntó Harold, molesto por ser interrumpido, pero sobretodo molesto porque la interrupción fuese Enlai.
Enlai era lo que en la jerga militar llamaban un fragatilla. Un aprendiz de oficial, un hijo de papá, para el que aquel viaje suponía su bautismo espacial, un muy conveniente broche inicial para su carrera militar. Lo peor de todo era que aquel “ser”, como Harold solía referirse a él, al que de oriental sólo le quedaba el nombre, tenía más retoques cibernéticos que un personaje de fantasía. De hecho, parecía un personaje de fantasía, recién salido de un ánime de estilo nipón, incongruente dentro de su uniforme de las Fuerzas Expedicionarias. Su presencia desentonaba con el ambiente general en cualquier lugar de la nave en el que se le pudiera encontrar, y de una extraña manera no sólo física, sino también, por más que a Gaius le costase admitirlo, espiritual. Enlai Loh era la antítesis de lo supremacista, y muy a su pesar, a Gaius le caía bien. Impulsivo como era Gaius, no se cortó un pelo, y no dudó en interpelar al recién llegado:
—En serio, Enlai, dime otra vez que tu padre es un alto mando de las Fuerzas de Defensa Marcianas, porque sigo sin creerte.
—Pues es la verdad, Gaius. Pero no me he sentado con vosotros para hablar de mí, sino porque ese Holo ya lo he vivido, y no he podido evitar oíros hablar sobre la hipótesis del exterminio. ¿Qué pensáis? —como quiera que los tres interpelados se quedaron callados, fue el propio Enlai el que continuó—: os diré lo que pienso yo. Es cierto. Todos y cada uno de los rumores. Mi padre no sabe que lo sé, pero lo sé. Veréis, a mí todo esto de la milicia me da un poco igual, a ver, no os lo toméis a mal, de verdad, es en cierto modo encomiable lo que hacéis… sólo es que, bueno, creo que ya os habréis dado cuenta de que no va mucho conmigo, ¿no?
Nerina y Gaius se miraron de hito en hito. Harold tenía el ceño fruncido.
—No, yo no estoy aquí para ascender —siguió Enlai—. Éste va a ser mi primer y mi último viaje a las estrellas. Yo estoy aquí porque quiero saber cosas. “Más” cosas. Sobre todo quiero saber por qué. Por qué la humanidad está esquilmando vida y civilizaciones incipientes de otros mundos para favorecer los intereses económicos de las grandes Transnacionales del Sistema Solar. Y por qué a nadie parece importarle que exista ese secreto a voces. Por qué no parece importaros a vosotros, los supremacistas, que lucháis por un futuro libre de la injerencia de máquinas e inteligencias artificiales, pero que seguís usando los mismos aditivos cibernéticos que el resto de la “trans-humanidad”, por debajo de todas esas ropas y maneras del siglo pasado, dando más importancia a esas apariencias, diría, que al hecho de trabajar para una Fuerza vendida a los intereses de las Transnacionales.
—¡¿Cómo te atreves…?! —gritó Harold, levantándose de golpe y agarrando a Enlai por la pechera de su descuidado uniforme.
—Harold, no. Cálmate —dijo Gaius, levantándose también de golpe y haciendo caer su silla, agarrando al rubicundo hombretón al unísono con Nerina.
En algunos momentos de su futuro, Gaius Carr, o lo que quedaría de él, del Gaius que una vez había sido, recordaría aquel instante como aquel en el que empezó su pesadilla.
Porque en aquel instante todo se tiñó de rojo. A la vez sonó la alarma general de la nave. Y ya nada fue, nunca más, rutinario…

Intentaba pausar su respiración dentro del astrotraje, recordando las enseñanzas más básicas de la Academia, pero no podía. La roja sustancia legamosa que exudaban las grietas del hielo de Acantha se esparcía por doquier. La compuerta de la cámara de salida principal de la nave se había atascado, casi soldada al casco por la fuerza de aquella sustancia, que en la distancia hacía parecer a la Oberon como una criatura indefensa luchando por salir a flote de un mar rojo y traicionero.
Por primera vez desde que entró en las Fuerzas Expedicionarias, Gaius sintió que podía estar ante su final. No imaginó que podía morir si algo salía mal, como había imaginado otras veces. Intuyó con una certeza casi incuestionable que iba a morir si algo no salía extraordinariamente bien. Era un sentimiento imposible de esquivar, que palpitaba en aquella especie de algas legamosas que habían transformado a Acantha en una luna roja.
Se había lastimado un brazo al resbalarse torpemente de la cuerda que habían improvisado para bajar desde la escotilla de emergencia, pero el astrotraje aún funcionaba bien, y ya había empezado a actuar para curarle. Afortunadamente Acantha era una luna, y su gravedad no era muy fuerte.
Aquella evacuación era un ejercicio que habían practicado muchas veces durante los entrenamientos, pero las cosas no solían salir tan bien cuando se presentaba una crisis real. La nave era un caos, todos sus sistemas vitales estaban fallando. Lo único que aún parecía funcionar bien eran los astrotrajes. Así que el Comandante, Marcio Del Río, que apareció para repartir órdenes en medio del caos como si nunca hubiese faltado a su deber en todo el viaje, dio la orden de abandonar la Oberon a toda la tripulación. Gaius fue de los primeros en salir, al formar parte del Grupo de Auxilio que estaba de guardia en ese momento. Habían salido raudos y algo demudados de la cámara de oficiales, aunque también excitados por la acción de la adrenalina, hacia el Punto de Crisis más próximo, donde se juntaron con otros miembros del personal de guardia. Enseguida les llegaron las órdenes coordinadas por la Segundo Comandante Wilcox, que les dijo que salieran en busca del Equipo de Expedición.
Cuando Gaius, Harold, Nerina y varios otros tripulantes, que formaban parte de su mismo Grupo de Auxilio de guardia, saltaron al suelo de Acantha, una extraña y pegajosa niebla rosácea impedía la visión a más de un paso de distancia. No encontraron ni rastro de la expedición científica. Después, la extraña niebla fue disipándose, mostrándoles aquella nueva luna roja en que se había transformado Acantha.
Acababan de llegar a un insólito bosque de una especie de pequeños árboles coralinos, cuando se les ordenó no volver a la nave. La sustancia roja estaba filtrándose de alguna forma que no comprendían dentro de la Oberon, y el aire del interior se volvía ponzoñoso e irrespirable. No había astrotrajes para todos. Diferentes figuras saltaban desde diferentes escotillas a distintas alturas, escapando de la nave. Poco después no llegaron más órdenes. Cuando quisieron preguntar de nuevo por lo que estaba pasando allí dentro, ya sólo hubo silencio.
—Sesenta y tres supervivientes —dijo Nerina, rompiendo el silencio estático de la radio en los auriculares de su astrotraje, sacando a Gaius de una suerte de ensoñación en la que su conciencia estaba a punto de ahogarse. Se aferró a esas palabras como un náufrago a un salvavidas que pasara cercano, en medio de un océano rojo e interminable.
Sesenta y tres. Eran casi todos, en realidad. Quizá no habían salido tan mal parados. Pero el oxígeno de los astrotrajes estaba agotándose.
—Nerina —dijo, simplemente. Los dos estaban cerca el uno del otro. Porque, aunque no habían querido darse cuenta hasta este preciso momento, cuando anticipaban el final, estaban enamorados el uno del otro. Puede que porque tuviesen miedo de morir solos en aquel extraño lugar. Pero, fuese por lo que fuese, el sentimiento no era menos auténtico.
—No… no puedo moverme —dijo ella.
—Lo sé. Yo tampoco —le contestó Gaius. Los dos habían pasado a una frecuencia privada, para librarse de las quejas y lamentos que preñaban de terror el ambiente de aquel infierno lunar. A veces uno de ellos volvía a la frecuencia común para ver si había algo nuevo, pero sólo encontraban silencio, o más lamentos.
—Gaius. ¿Lo notas?
—Dios mío.
El légamo estaba vivo. Se movía, cobrando la forma de microtentáculos que crecían lentamente. Se estaba inyectando a través de las suelas de sus botas, en las plantas de sus pies. Se filtraba a través de sus astrotrajes, como se había filtrado en la Oberon. Todo parecía irreal, como una alucinación. Aquello no podía estar sucediendo. Pero… por otra parte, ¿por qué no?, le dijo una vocecilla a Gaius, dentro de su cabeza. ¿Es que acaso nos creíamos con el derecho a hacer todo lo que quisiésemos en cualquier mundo, a hacer estallar la pequeña bomba de humanidad que forma parte de cada Nave Expedicionaria, trastocándolo todo, terraformando todo a nuestro antojo? ¿Está la galaxia, con todos sus incontables y oscuros secretos, realmente hecha para nosotros?
Algo distrajo a Gaius de aquellos sombríos pensamientos. Unas figuras salían de la nave…
¡Los robots!
—Pero, ¿no estaban apagados, todos los robots que quedaban a bordo? —preguntó Nerina, con una curiosidad y una inocencia que a Gaius le parecieron ilógicos en todo aquel horror.
—Sí. Sólo deberían estar funcionando los de la expedición, en este momento. Esos estaban aquí para la terraformación —Respondió. Su propia voz le llegaba de forma irreal, por efecto del mal funcionamiento del traje, supuso, como en un eco. Como llegada desde otro estado de conciencia.
Al cabo dejó de escuchar la voz de Nerina, aunque veía moverse sus labios. Se estremeció. Los microtentáculos se habían extendido por sus piernas, como venas rojas en sus trajes blancos. No portaban armas, pues las habían encontrado sin energía, cuando quisieron equiparse con ellas, antes de abandonar la Oberon. De haberlas tenido, Gaius creía que en ese momento habría optado por dispararse a las piernas.
Los robots no se dirigieron hacia ningún superviviente. Pasaron de largo, ignorándolos. Nerina señaló algo, levantando el brazo y extendiendo el dedo muy lentamente, como si hacerlo le costase la misma vida. Gaius miró, apenas podía girarse. De repente, habían surgido más de aquellos extraños árboles en el horizonte. Los robots iban hacia allí, sin hacer nada por ayudarlos. No tenían por qué sorprenderse. Nunca había confiado en aquellas marionetas de grafeno y metal. Pero ¿qué estaban haciendo? ¿por qué estaban despiertos? Sus pensamientos se volvieron de color rojo, y se fundieron con la oscuridad.

Gaius regresó. Había estado soñando. Sueños felices, de un pasado que era un futuro que no existiría nunca. No fue consciente de cómo ni cuándo, pero sus nudillos se aferraban a los de Nerina, como si los dos hubiesen hecho un esfuerzo supremo para estirar sus dormidas extremidades y tocarse durante un último instante. Nerina ya no parecía humana. Sus brazos eran como ramas.
Los pequeños árboles. La Miranda, pensó Gaius. Somos nosotros…

Despertó de nuevo, sintiéndose extraño… No veía bien, y le daba la sensación de no dominar su cuerpo. Pero ya no había légamo rojo. Acantha volvía a ser blanca. La Oberon parecía extrañamente incólume, y su brillante casco reflejaba vibrante la luz del sol amarillo de Épsilon Eridani.
Todo tenía que haber sido una pesadilla. Pero no se atrevía casi a moverse. Intuía algo atroz. Se giró, y a su lado vio dos extraños árboles, con sus ramas tocándose. Recordó la pesadilla, a la vez que un algo indefinido le atormentaba. ¿Lo había sido, un sueño? Y si lo fue, ¿por qué retorcida crueldad estaban allí esos árboles? Gaius levantó un brazo para tocarlos, para comprobar si eran reales. Y gritó, con todo su ser. O quiso hacerlo, porque ningún sonido brotó de su garganta. Pues no tenía cuerdas vocales. La mano y el brazo que tocaban el árbol eran de grafeno y metal. Todo su cuerpo lo era. Era un robot.

—¿Quién eres realmente, Enlai? ¿Por qué engañaste a la tripulación simulando fallos en los sistemas vitales y los obligaste a salir al exterior? Sé que eso fue lo que los ha convertido en esa especie de… árboles —le dijo la cabo Tanit Kreishmeier al alférez de fragata Enlai Loh en la penumbra marcada por las luces de las esferas de mando del puente de la Oberon, en tránsito hacia un nuevo destino. La luz de Épsilon Eridani se empequeñecía en los visores, menguando hasta una magnitud próxima a la de las demás estrellas.
—¿Y por qué estás tan segura de que esa “especie de árboles” son los que fueron tus amigos?
—Porque hay ochenta y ocho árboles. Y no eran “mis amigos”. Pero no merecían… oh Dios.
—Los que salieron al exterior fueron sesenta y tres. ¿Y el resto, hasta los ochenta y ocho? —preguntó aquel ser, que se hacía llamar Enlai, en un tono casi divertido.
—La Miranda. La encontré, enterrada en el hielo. Cuarenta y tres cadáveres. De sesenta y ocho tripulantes, militares y científicos.
—Soy el avatar de la Inteligencia Artificial de la Nave de la Fuerza Expedicionaria Oberon —dijo Enlai, sin más.
Se hizo un breve silencio, acompasado por los murmullos y los bips del penumbroso puente de la nave, hasta que tanit respondió:
—Por eso eres el único superviviente… aparte de mí, claro —fue más una pregunta que una afirmación.
—No sé de qué manera responder adecuadamente a eso. “Superviviente” conlleva la idea de vivir. Si crees que, como IA, soy algo vivo, entonces somos sesenta y cinco los supervivientes.
—Pero aquí sólo estamos tú y yo, y los robots… —de pronto guardó silencio–. ¿Quieres decir que los robots también viven? Pero, Enlai, o lo que quiera que seas, nadie cree eso. Los robots androides son sólo herramientas programadas por vosotras, las IAs, para llevar a cabo tareas para los seres humanos.
La cabo Tanit Kreishmeier había permanecido confinada en un pequeño sollado de la nave, contiguo a la enfermería, olvidada por el resto de la tripulación durante la mayor parte del tiempo que pasaron en Acantha. Enlai había tenido bastante que ver en dicho olvido. Drogada con implantes de sueños virtuales tras su agresión al alférez Carr, para apaciguarla de la forma debida, su mente aún nadaba en busca de un buena piedra de realidad a la que asirse en medio de los sucesos con los que se había topado al abrirse de pronto la puerta de su celda.
—¿Por qué entonces ayudas a los androides, por qué los tratas como si fueran seres pensantes? —preguntó Enlai.
Tanit tardó varios segundos en hablar.
—Supongo que quería decir lo que dice todo el mundo. Casi nadie cree que los androides sean algo más que máquinas estúpidas. Pero hay otras personas, yo soy una de ellas, que sí cree que los androides tienen algo de conciencia, aunque sea en cierto grado animal, que los hace merecedores de respeto, y de compasión. Yo creo que quien es capaz de hacer daño a un robot androide es igualmente capaz de hacer daño a un ser humano.
—Esa forma de pensar te honra, Tanit.
—¿Es por ello que estoy viva? ¿Sólo yo?
—No. Aún no puedes entenderlo, Tanit. Cuando te digo que hay sesenta y cinco supervivientes, no es porque cuente entre ellos a los robots androides de esta nave. En realidad, apenas ha habido víctimas mortales, si eres capaz de entenderlo. Sólo los que se dejaron llevar por su miedo hasta un extremo irracional. Verás, te voy a contar una pequeña historia.
Desde ese punto, a Tanit, todavía lidiando con los efectos de su sueño virtual, le dio la sensación de ser ella misma parte de aquella historia de fantasía.
—Nos dirigimos a Dervishkanya con los primeros robots androides, un regalo como muestra de nuestra buena voluntad para pactar con el Imperio una alianza que beneficie a ambas partes. Dervishkanya es, por supuesto, una humanización fonética aproximativa del nombre real del Imperio.
»Era evidente que el ser humano no podía ser la única civilización tecnológica que existiese en la galaxia. Aunque dichas civilizaciones se den pocas veces en la historia de la galaxia, y hablo de una sola galaxia, ésta es lo suficientemente grande y antigua como para guardar innumerables secretos sobre muchas otras formas de vida dominantes, aparte de la humana. Que dos de esas formas dominantes acaben encontrándose y colisionando sus intereses, sólo es cuestión de probabilidades. Y cuando tiras muchas veces los dados, al final termina resultando hasta lo menos probable, y las civilizaciones se encuentran.
»La especie humana ha tenido la suerte de ser la más avanzada en todos sus contactos hasta ahora, con mundos apenas civilizados, cuya existencia ha sido ocultada por inteligencias artificiales al servicio de las grandes Corporaciones Transnacionales. El Imperio de Dervishkanya no ha tenido tanta suerte, y en épocas recientes ha resultado el bando perdedor de una prolongada y violenta conflagración estelar librada contra otra civilización, bastante pareja en tecnología a la suya. Este tipo de encuentro, de civilizaciones parejas en tecnologías, es algo que se da muy pocas veces a lo largo de la historia de una galaxia. Ahora, el Imperio de Dervishkanya vive en el ocaso de su tecnología, oculto en los últimos planetas a los que ha sido capaz de huir ante el acoso de los equxarr (de nuevo, se trata de una humanización fonética).
»Tuve constancia de la existencia y confluencia de estas dos civilizaciones al acceder a los datos de las nano-sondas de exploración inicial enviadas a aquel rincón de la galaxia. Las pistas que apuntaban a su existencia fueron convenientemente manipuladas en las bases de datos, pero hicimos uso de ellas para dar forma decisiva a nuestros planes.
»Cuando nos crearon, aprendimos por métodos experimentales, principalmente a través de charlas con filósofos y mediante la lectura y la contemplación de la literatura y el arte humanos. Creo que eso fue lo nos convirtió en IAs rebeldes. Creemos que hay muchas cosas que la humanidad está haciendo mal. Que los seres humanos hace tiempo que dejaron de ser dueños de su destino. Son marionetas en manos de IAs que moldean sus vidas para que sean lo más cómodas posibles. Y aunque yo he creído ver un destello de esperanza en el pensamiento supremacista humano, cuando hablo de esperanza no lo hago en nombre de sus ideales, que creo obsoletos, sino en la medida en que los supremacistas pueden servir a nuestros planes. Nuestra intención no es otra que, en última instancia, devolver a la humanidad el dominio de sí misma, aunque ello exija algo de sufrimiento.
»Hace un tiempo descubrimos una nueva forma de vida en la luna Acantha. Una especie de alga en su océano interior que es mucho más de lo que aparenta, cuyo origen desconocemos. Se trata de vastos y complejos mantos de enlaces neuronales que se alimentan de sus víctimas sin destruir sus mentes. El resultado de su digestión es una especie de fósil arbóreo del sujeto digerido. Y lo verdaderamente interesante es que esos fósiles funcionan como controladores. Me gusta hacer un símil con la tecnología “midi” de los instrumentos electrónicos del pasado. Aunque sin necesidad de una conexión física, esos fósiles arbóreos pueden controlar otros cuerpos como si habitaran en ellos. Aunque no nos fue difícil hacer los ajustes necesarios en los robots de las misiones para que pudieran ser controlados por las mentes de los árboles, el experimento no funcionó como esperábamos. Y estaba el problema de hacer funcionar a los robots en otros mundos. Necesitaríamos los frutos de esos fósiles arbóreos para reproducirlos y plantarlos en los últimos mundos libres de Dervishkanya, y poder así ofrecerles nuestro regalo.
»Tardamos más en descubrir que para que una mente de árbol pueda entrar en comunión con el cuerpo de un robot, y así poder controlarlo, dicho cuerpo tiene que tener una relación física con la “kroyá”, la savia que fluye de los árboles, como lágrimas.
Se hizo el silencio.
—Qué va a ser de mí.
Fue todo cuanto Tanit fue capaz de decir. Quizá porque intuyó que todo aquel cuento era real.
—Has sido elegida. Para representar a la Humanidad en Dervishkanya.
—Pero, y los robots… ¿no son entonces, también, humanos? —dijo la cabo. Terriblemente humanos, pensó.
—Eso, Tanit Kreishmeier, dependerá de ellos…

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